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ELVIRA DE LAS CASAS, "LA CRUZ
DE BRONCE" La llamada novela histórica está de moda, quizás como nunca antes, hace dos o tres décadas. Así lo hacen ver las premiaciones de diversos concursos y las novedades en librerías "físicas" y "virtuales". Quizá esto se deba a que el hombre "occidental" de hoy, de uno y otro idioma, necesita fugarse de una realidad inmediata demasiado "realista". Flojas, pésimas novelas bajo el rótulo "históricas" gozan de buena acogida de público y aun de crítica (aunque en muchos casos los críticos, por lo que se puede inferir de sus notas, no hayan entendido bien la enjundia de la obra que han abordado). Las novelas a las que me refiero son aquellas cuyo contenido se remonta a siglos atrás, no a otras que, aunque traten algo ocurrido hace media centuria, también podrían calificar como "históricas". Bueno, ya sabemos que esto de clasificar una novela como histórica o no, resulta una polémica vieja; que habrá de continuar sin dudas. En no pocas ocasiones, las novelas dichas se despepitan por tomar como centro de su narración a una persona de la "vida real" de hace uno, dos, tres, cuatro o más siglos. "Me fascinaba ese personaje", suelen declarar en estos casos los autores, quienes, "fascinados" por el personaje, primero, luego hurgan en el entorno, la época en que aquel viviera. Sé de autores y autoras que han abandonado su registro narrativo de siempre para incursionar en la "novela histórica", con el propósito, creo, de obtener fama, y dinero. Y en ocasiones han obtenido lo uno y lo otro, pero han publicado un churro. Es decir, que cada novelista tiene su voz, su mundo, eso que antes citaba: su "registro", o quizás sus registros, como lo tiene cualquier creador en las más diversas disciplinas. De modo que cuando se sale de su camino, tropieza, cae, se hunde. Lo dicho hasta aquí está dicho para afirmar que La cruz de bronce, de Elvira de las Casas, publicada recientemente por Editorial Silueta, de Miami, es una buena novela, a secas, sin apellidos, aunque sus tramas se remonten aun a cinco siglos atrás y tomen como escenario ciertas regiones de lo que es la España de hoy, pasando por La Habana colonial, la actual, y la ciudad cubana de Cienfuegos. Una cruz de bronce viene dando vueltas en el tiempo desde entonces hasta llegar a los días de hoy, o a las décadas más recientes de la Cuba socialista. Esta cruz, que en la narración funge como enigma, como acicate para continuar la lectura, a veces parece que se ha extraviado, mas siempre, por medio de los capítulos concisos, bien redactados, que recorren la obra, nos vamos a enterar de los azares de que ha sido objeto; azares, como todo en la vida. Pero
a mí lo de la cruz no me interesa mucho. Más me importan
los aconteceres de una novela que marca al lector desde el principio
(digo "marca" y no "atrapa", porque más que
someternos a solo un juego de entretenimiento, la enjundia de esta novela
atraviesa cerebro y corazón). Creo que una de las ganancias principales de la autora se halla en la concisión que antes citara, aplicada a cada capítulo; los cuales, por cierto, a veces abren y cierran una historia, un personaje. Modo que los acerca en ocasiones a relatos independientes, pero que a la par se concatenan con el argumento fundamental. Acerca de lo dicho en el párrafo anterior, sumo que De las Casas, en no pocos de los capítulos, nos sorprende con un punto de tensión -que si nos sorprende, claro, no esperábamos- y también con desenlaces impactantes. Así
ocurre con ese, inolvidable, en que el mismísimo Valeriano Weyler
-según se sabe, el más despiadado de los gobernadores
de Cuba en la época de la Colonia- tiene contacto en La Habana
con la protagonista principal -sigo pensando que "principal"
no sobra, porque sigo pensando que en una novela puede haber varios
protagonistas-, la hermosa y pizpireta doña Elena Rivas de Olazábal;
o ese que corre de la página 73 a la 77, cuando la cruz de bronce
le sirve a Leonor Betancourt de Velasco -pobre mujer que, en edad de
ser amada y dar amor, ha debido permanecer cinco años sin ejercer
el sexo- para tomar venganza contra Ramiro Ibáñez. Elvira
de las Casas utiliza un lenguaje directo, convencional diríamos,
de modo que no vamos a encontrarnos cuartazos de metáforas aquí
o allá ni en fin par de tropos en la misma página. Creo
que el plano narrado por Yurásica, o perteneciente a ella, pudo
explotarse en mayor medida, sobre todo destinándole un lenguaje
más creativo y rebajando en alguna proporción sus frases
hechas. Bueno, lo que quiero decir: Yurásica pudo ser concebida
quizás de otra manera, con más fuerza dramática
y menos ligereza en su hacer y sentir. Si bien alguien, con toda razón,
me podría replicar que muchos jóvenes de la actualidad
cubana, en la "vida real", varones y mujeres, son así
como es ella. Pero se trata de "ficcionalizar" a una persona,
no de lo contrario. Hoy en día no es posible vaticinar el éxito de una obra literaria. La perfidia del mercado ha alterado los cuatro puntos cardinales de la creación literaria, o de la edición, o de los lectores, o de todo esto a la vez. De manera que, afortunadamente, la autora que nos ocupa, así como la editorial que dio a luz su novela, son entes que van contracorriente enarbolando la bandera de la calidad por encima de otras utilidades. No obstante, esperemos que nuestros deseos se cumplan y La cruz de bronce reciba el éxito que se merece. |
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