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'RETRATO DE
NUBIA': EL RETO DE CONCEDER IDENTIDAD A VIVOS Y A MUERTOS "El histrionismo
es como un vicio que se extiende a la vida", pone el escritor esta
frase en boca de un personaje. Histrionismo que encarna perfectamente
Vivian en su papel de demostradora de productos en una feria, contratada
por Jorge. La balsera lo hace bien; tiene el talento innato de quien
sabe que en esta sociedad hay que ser un buen demostrador de productos,
incluyendo la mercancía erótica, que muy pronto dará
de probar a Jorge, su jefe eventual. Tal vez la excepción de
esta regla sea el romance de Nubia con Marcos, quien llega a su casa
mimetizada
¡en cuidadora de su anciana madre! Marcos, el
ex-profesor repudiado en Cuba por su salida por Mariel, es uno de los
personajes más consistentes de la novela. En sus diálogos
con Nubia trata de traspasar a Nubia, la muchacha del tatuaje falso,
un saber libresco, pero que también parte de su observación
de la conducta humana. Cabría decir que Marcos es también
un descreído, o mejor, un creyente en la relatividad de la inteligencia
y un escéptico ante la Historia y la perfectibilidad de la naturaleza
humana, al que salva lo infalible del afecto. Los capítulos
para mí más disfrutables de la novela ocurren en torno
a los eventos de muerte. No por gusto el libro está dividido
en cuatro partes numeradas como Cuadernos de Necrofilia. La muerte tiene
diferentes ecos, varias máscaras, que comienzan con la desconocida
encontrada en los Everglades, muta de rostro en el diálogo entre
Nubia y Marcos alrededor de un suicida precoz llamado Carlos (remedo
evidente del escritor Juan Francisco Pulido). "Parecen candilejas
esas luces sobre el crucifijo que te ampara, y allí está
tu cuerpo. Parece que va a levitar mientras te miro." Este degustar
lo fúnebre como una puesta en escena más, se exacerba
en el funeral de la madre de Marcos, uno de los capítulos más
logrados, donde la pléyade de amigos literatos se embarcan en
una conversación donde asoman Allen Ginsberg, Kurosawa o Yasujiro
Ozu. Aquí la ambientación será menos eclesiástica:
"
esto parecía una escenografía de una película
de Antonioni, las aburridas metatrancas de la incomunicación".
Lo mortal se vuelve una obra de premeditación exquisita cuando
le toca su turno al propio Marcos, cuyo suicidio permitirá luego
el monólogo sobre su cremación. Esa madre y ese lago nos
harán evocar sin dudas al fantasma de Carlos Victoria, pero solo
como una huella leve, un fantasma que saluda y se va. "Pensó
que quizá la seguiría, como en un viaje, así percibía
la muerte, un viaje donde se perdía toda ambición en el
camino, tan solitario y misterioso como el nacimiento". La muerte
como posibilidad de la dejación de la máscara, el cese
de la vida como representación. Hay ciertos capítulos donde se filtra la perspectiva del mundo adolescente del entorno cubano de las becas en el campo. Aunque estos flashbacks sean justificados por las referencias al pasado de algunos personajes, para mí crean ciertas disonancias en la novela. Esto es una impresión subjetiva, lo mismo que hubiese preferido que el capítulo "La última función" no tuviera ese tono relamido en la descripción del desnudo de Nubia. La representación de la actriz puede parecer airosa porque ha sobrevivido a todo un círculo de confusión y muerte, y ha perdurado en su sueño de hacer teatro en una ciudad tan dura con quienes practican un arte sin concesiones, pero se contradice con esa imagen de vaudeville con que aparece en escena. Más lamentable, y a causa precisamente de ese no querer hacer concesiones, es el desenlace de sus maestros Raúl y Julia, quienes, como el Cándido de Voltaire, no encuentran otra alternativa que irse a cosechar tomates en una finca en Homestead. |
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Silueta
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